Había una vez, en un pequeño pueblo, una dulce niña conocida como Caperucita Roja, porque siempre llevaba puesta una capa roja que su abuela le había tejido. Era una niña alegre y cariñosa, que siempre ayudaba a su madre en las tareas del hogar. Un día, su madre le pidió un favor muy especial.
— Caperucita — le dijo —, tu abuela está enferma y necesita algo de comida. Toma esta cesta con galletas y un poco de vino, y ve a visitarla. Recuerda no hablar con extraños y sigue el camino que lleva a su casa.
Caperucita Roja prometió a su madre que sería cuidadosa y se puso en marcha. Mientras caminaba por el bosque, admiraba las flores y escuchaba el canto de los pájaros. De repente, se encontró con un lobo astuto que la observaba desde detrás de un árbol.
— Hola, niña — dijo el lobo con una voz suave —. ¿A dónde vas con esa cesta tan bonita?
Caperucita Roja, inocente y confiada, le respondió:
— Voy a casa de mi abuela que está enferma. Llevo galletas y vino para ella.
El lobo sonrió, y tras pensar un momento, decidió que podría aprovecharse de la situación. Sabía que había un camino más corto hacia la casa de la abuela, y así le dijo a Caperucita Roja:
— ¿Por qué no tomas el camino de las flores? Es mucho más bonito y divertido.
Caperucita, atraída por la idea de ver más flores, decidió seguir el consejo del lobo. Mientras ella se entretenía recogiendo flores, el lobo corrió rápidamente hacia la casa de la abuela.
Al llegar, el lobo golpeó la puerta.
— ¿Quién es? — preguntó la abuela con voz temblorosa.
— Soy yo, Caperucita Roja — respondió el lobo, imitando la voz de la niña —. He traído galletas para ti.
La abuela, al no reconocer la voz, sintió un escalofrío, pero confió en su nieta y le pidió que entrara. Cuando el lobo entró, rápidamente se abalanzó sobre ella y, sin pensarlo dos veces, la atrapó. La encerró en el armario y se disfrazó con su ropa, metiéndose en la cama.
Poco después, Caperucita Roja llegó a la casa de su abuela. Al entrar, notó que algo no estaba bien. La casa estaba muy silenciosa.
— Abuela, soy yo, Caperucita — llamó, acercándose a la cama.
— ¿Qué quieres, querida? — respondió el lobo, intentando disimular su voz.
Caperucita se acercó a la cama y al mirar a su "abuela" sintió que algo no encajaba. La figura que tenía delante tenía una apariencia extraña. La niña, intrigada, comenzó a hacer preguntas:
— Abuela, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?
— Para verte mejor, querida — contestó el lobo, mientras se acercaba más.
— ¿Y por qué tienes esos dientes tan afilados?
— ¡Para comerte mejor! — rugió el lobo, saltando de la cama.
Caperucita Roja, aterrorizada, dio un grito y corrió hacia la puerta. Pero el lobo era rápido y la persiguió. Sin embargo, en ese momento, un cazador que pasaba por allí escuchó el alboroto y decidió investigar. Corrió hacia la casa y, al entrar, vio al lobo persiguiendo a Caperucita.
Sin pensarlo, el cazador tomó su rifle y, con un disparo certero, ahuyentó al lobo, que salió corriendo y nunca más se le volvió a ver. Caperucita Roja, aún temblando, se lanzó a los brazos del cazador, quien la tranquilizó.
—No te preocupes, pequeña, ahora estás a salvo. Vamos a liberar a tu abuela.
Juntos, abrieron el armario y encontraron a la abuela, un poco asustada pero ilesa. Las dos mujeres agradecieron al cazador por su valentía y, al final, se sentaron a compartir las galletas que Caperucita había traído.
Desde aquel día, Caperucita Roja aprendió a ser más cautelosa y a no hablar con extraños. Nunca más se alejó del camino, y cada vez que llevaba comida a su abuela, siempre iba acompañada por su madre o por el valiente cazador.
Y así, en el pequeño pueblo, la historia de Caperucita Roja se convirtió en una lección de valentía y precaución que se contaba de generación en generación.
Lección: La obediencia y la precaución frente a los peligros son esenciales para nuestra seguridad.