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El flautista de Hamelín

El flautista de Hamelín

Érase una vez, en la hermosa ciudad de Hamelín, un lugar conocido por su alegría y su belleza. Sin embargo, un día, la paz de la ciudad se vio interrumpida por una plaga de ratas. Los roedores invadieron cada rincón, arruinando la comida, causando estragos en las casas y llenando de miedo a los habitantes. La situación se volvió insostenible, y los ciudadanos estaban desesperados por encontrar una solución.

Los líderes de la ciudad se reunieron y decidieron que debían hacer algo al respecto. Colocaron un anuncio en la plaza central, prometiendo una gran recompensa a quien pudiera liberar a Hamelín de las ratas. La noticia se difundió rápidamente y atrajo a muchas personas, pero nadie lograba deshacerse de las criaturas.

Un día, un extraño apareció en la ciudad. Era un hombre de aspecto peculiar, vestido con ropas de colores brillantes y un sombrero de tres picos. Llevaba consigo una flauta y una actitud confiada. Se presentó como un flautista y ofreció su ayuda.

—He oído hablar de sus problemas —dijo con una sonrisa—. Puedo liberar a Hamelín de las ratas a cambio de la recompensa que han ofrecido.

Los ciudadanos, aunque desconfiados al principio, vieron la determinación en su mirada y aceptaron su propuesta. El flautista les pidió que lo dejaran actuar y, con una actitud despreocupada, se dirigió hacia el río. Cuando llegó a la orilla, comenzó a tocar una melodía mágica con su flauta.

La música era encantadora, y las ratas, atraídas por el sonido, comenzaron a salir de sus escondites. Una tras otra, las ratas comenzaron a seguir al flautista, que caminaba alegremente mientras tocaba su flauta. Los habitantes de Hamelín miraban asombrados cómo las ratas, en un gran desfile, seguían al hombre misterioso.

El flautista guió a las ratas hacia el río y, al llegar a la orilla, las llevó a las aguas, donde se ahogaron. En poco tiempo, Hamelín estaba libre de la plaga que había atormentado a sus ciudadanos. Los habitantes, emocionados y agradecidos, corrieron a buscar al flautista para pagarle la recompensa prometida.

Sin embargo, al regresar a la ciudad, el flautista se encontró con una decepcionante sorpresa. Los líderes de Hamelín, habiendo recuperado su paz, ya no querían cumplir su promesa. Argumentaron que había sido demasiado fácil y que no valía la pena pagar tanto.

—¿No valoran mi trabajo? —preguntó el flautista, indignado.

Los líderes se rieron y le dijeron que se marchara, sin prestarle más atención. El flautista, sintiéndose traicionado, decidió que no se dejaría intimidar. Se alejó de la ciudad, pero no sin antes jurar que se vengaría.

Esa noche, el flautista regresó a Hamelín, esta vez con un plan. Comenzó a tocar su flauta de nuevo, pero esta vez, la música que salió de su instrumento era hipnotizante y mágica. Al escucharla, los niños de la ciudad, atraídos por la melodía, salieron corriendo de sus casas. Uno tras otro, los pequeños comenzaron a seguir al flautista, que se alejaba hacia las montañas.

Los padres, alarmados al ver que sus hijos desaparecían, se lanzaron tras ellos. Sin embargo, no podían detener la hipnosis de la música. El flautista guió a los niños hacia una cueva oculta en las montañas, donde su melodía se desvaneció. Allí, los niños se encontraron en un lugar mágico, lleno de juegos y aventuras, donde podían ser felices.

Cuando los ciudadanos de Hamelín se dieron cuenta de que sus hijos habían desaparecido, estalló el pánico. Buscaron a los niños por todas partes, pero fue en vano. Finalmente, se dieron cuenta de que el flautista había cumplido su amenaza. Lloraron y suplicaron su regreso, pero el flautista ya estaba decidido a no volver.

Al final, los ciudadanos se reunieron y, en medio de su desesperación, entendieron que debían aprender una lección sobre la gratitud y el respeto. Decidieron buscar al flautista y ofrecerle una recompensa adecuada, prometiendo honrar su trabajo en el futuro.

El flautista, al enterarse de sus intenciones, decidió regresar a la ciudad. Al llegar, encontró a los líderes de Hamelín, quienes le ofrecieron una recompensa generosa y se disculparon por su comportamiento.

—Lo siento —dijo el alcalde—. Nos dejamos llevar por nuestra avaricia. Te necesitamos, y esta vez prometemos cumplir nuestra palabra.

El flautista, satisfecho con su sinceridad, decidió liberar a los niños. Tocó su flauta una vez más y, al instante, los pequeños comenzaron a salir de la cueva. Al llegar, corrieron hacia sus padres, quienes los abrazaron con lágrimas de alegría.

Desde aquel día, Hamelín nunca olvidó la importancia de ser agradecido y respetar a quienes ayudan. El flautista se convirtió en un héroe, y su música siguió resonando en la ciudad, recordando a todos que las promesas deben cumplirse y que el respeto es fundamental.

Y así, Hamelín prosperó, y los habitantes aprendieron a vivir en armonía con todos, celebrando la música del flautista que había traído de vuelta a sus hijos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lección: Cumplir con nuestras promesas es fundamental, ya que la deshonestidad puede tener consecuencias graves.