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El patito feo

El patito feo

Érase una vez, en un hermoso estanque rodeado de verdes prados, una mamá pata que estaba a punto de incubar sus huevos. Pasaron los días y, finalmente, los huevos comenzaron a romperse. Uno tras otro, los patitos salieron del cascarón, todos adorables y amarillos, excepto uno que, al nacer, fue diferente.

Este patito era más grande que sus hermanos, tenía plumas grises y un aspecto poco agraciado. Al verlo, los otros patitos se rieron de él y le gritaron:

—¡Eres feo! ¡No eres uno de nosotros!

El pobre patito se sintió triste y rechazado. A pesar de que su madre trató de consolarlo, los otros patitos no paraban de burlarse. El patito feo decidió alejarse del grupo y se fue volando hacia un lugar donde pudiera estar solo.

Vagó por los campos y se encontró con una familia de patos. Al acercarse, esperó ser aceptado, pero los patos lo miraron con desdén.

—¡Qué patito tan raro! —dijo uno de ellos—. ¡No te queremos aquí!

Con el corazón roto, el patito siguió su camino. Se adentró en el bosque, donde encontró un pequeño lago. Allí conoció a una bandada de aves que volaban en círculos. Intentó unirse a ellas, pero también lo rechazaron.

Desesperado y sintiéndose solo, el patito se fue a un lugar apartado, donde nadie pudiera lastimarlo. Pasaron las estaciones, y el patito feo se enfrentó a inviernos fríos y veranos calurosos. Se escondía de los depredadores y buscaba comida entre los juncos.

Un día, cuando la primavera llegó y el hielo se derritió, el patito sintió un cambio en su interior. Se miró en el agua y vio su reflejo. Para su sorpresa, ya no era el patito feo que había sido. Había crecido, y sus plumas grises se habían transformado en un hermoso plumaje blanco. Sus alas eran fuertes, y su figura elegante.

Intrigado, decidió volar. Alzar el vuelo fue liberador, y se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo. Mientras volaba, vio un grupo de cisnes deslizándose por el agua, y sintió una conexión con ellos. Se acercó, nervioso, y los cisnes lo miraron.

—¡Qué hermoso cisne! —dijo uno de ellos.

El patito, ahora convertido en un majestuoso cisne, no podía creerlo. Comprendió que había estado buscando su lugar en el mundo, y finalmente lo había encontrado. Los cisnes lo aceptaron con los brazos abiertos, y él se sintió querido y apreciado por quien realmente era.

Con el tiempo, el patito feo, ahora un hermoso cisne, regresó al estanque donde había nacido. Allí vio a su madre y a sus hermanos, quienes lo miraron asombrados. La madre pata, al reconocer a su hijo, se sintió orgullosa y feliz.

—¡Eres tan hermoso! —exclamó ella—. Siempre serás mi hijo, sin importar cómo te veas.

El patito, ahora cisne, sonrió. Se dio cuenta de que la belleza viene de adentro y que su verdadero valor no estaba en su apariencia, sino en su corazón.

Desde ese día, el cisne vivió feliz con su nueva familia. Aprendió que a veces, lo que parece diferente puede ser lo más maravilloso del mundo. Y así, el patito feo demostró que todos tenemos el potencial de brillar.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lección: La verdadera belleza se revela con el tiempo y no depende de las apariencias externas.