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Hansel y Gretel

Hansel y Gretel

Érase una vez, en un pequeño pueblo, un hermano y una hermana llamados Hansel y Gretel. Vivían con su padre, un leñador, y su madrastra, quien no los quería mucho. La familia era muy pobre, y a menudo no tenían suficiente comida para comer. La madrastra, preocupada por la escasez, ideó un plan cruel.

Una noche, mientras Hansel y Gretel escuchaban a sus padres discutir, la madrastra sugirió:

—No podemos seguir alimentando a estos niños. Debemos llevarlos al bosque y dejarlos allí.

Hansel, que había oído todo, se preocupó. Esa misma noche, salió sigilosamente y recogió pequeños trozos de pan, que escondió en su bolsillo. Al día siguiente, cuando sus padres los llevaron al bosque, Hansel dejó caer migajas de pan mientras caminaban, con la esperanza de que pudieran seguirlas de regreso a casa.

Cuando llegaron al lugar donde sus padres los dejaron, Hansel y Gretel se dieron cuenta de que no podían encontrar las migajas. Los pájaros las habían comido. Asustados, decidieron explorar el bosque. Después de caminar durante horas, se encontraron con una extraña casa hecha de dulces, chocolate y caramelos.

—¡Mira, Gretel! —exclamó Hansel—. ¡Es un sueño!

No pudieron resistir la tentación y se acercaron a la casa. Mientras estaban allí, una anciana salió y los invitó a entrar.

—¡Vengan, mis pequeños! —dijo la anciana con una sonrisa amable—. ¡Coman todo lo que deseen!

Sin pensar en las consecuencias, Hansel y Gretel comenzaron a comer dulces y golosinas. La anciana parecía dulce, pero en realidad era una bruja malvada que había estado esperando a que los niños llegaran.

—¡Bienvenidos a mi hogar! —les dijo mientras los invitaba a entrar—. Están a salvo aquí.

Una vez dentro, la bruja encerró a Hansel en una jaula y le dijo que iba a alimentarlo para engordarlo. Gretel, por su parte, tuvo que trabajar en la casa, cocinando y limpiando. Pasaron días, y Gretel estaba muy preocupada por su hermano, quien se debilitaba.

La bruja, pensando que pronto podría cocinar a Hansel, le decía a Gretel que le mostrara cómo se cocina. Sin embargo, Gretel tenía un plan. Cada vez que la bruja le pedía que le mostrara el dedo de Hansel para ver si estaba gordo, Hansel le mostraba un hueso que había encontrado, y la bruja, que era ciega, pensaba que el niño seguía delgado.

Un día, la bruja, harta de esperar, decidió que ya era hora de cocinar a Hansel. Le dijo a Gretel que preparara la comida, pero ella no se dio por vencida. Cuando la bruja le pidió que se metiera en el horno para ver si estaba caliente, Gretel aprovechó la oportunidad.

—¿Cómo voy a saber si cabe? —preguntó Gretel, haciendo tiempo.

La bruja, impaciente, se asomó al horno, y en un instante, Gretel empujó a la bruja dentro, cerrando la puerta de un golpe. La malvada bruja gritó y se deshizo en el interior.

Hansel y Gretel se sintieron aliviados. Rápidamente, buscaron tesoros en la casa de la bruja y encontraron joyas y dulces. Llenaron sus bolsillos y decidieron regresar a casa.

Siguiendo el camino de regreso, por fin llegaron al hogar de su padre. Al ver a sus hijos, el leñador se llenó de alegría y lágrimas. Había lamentado mucho haberlos dejado en el bosque, y su corazón se llenó de gratitud al verlos sanos y salvos.

—¡Nunca más volveré a dejar que se vayan! —prometió.

La madrastra, al enterarse del regreso de los niños, se llenó de furia y desesperación, y su maldad fue su perdición. Nunca más la vieron.

Hansel y Gretel, con su padre, comenzaron una nueva vida. Con las riquezas que habían traído de la casa de la bruja, pudieron vivir felices y nunca más pasaron hambre.

Y así, la familia se unió, dejando atrás la tristeza, y disfrutaron de muchos días felices juntos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lección: La astucia y la solidaridad familiar pueden ayudarnos a superar incluso los momentos más oscuros.