Érase una vez, en un hermoso bosque lleno de flores y árboles altos, una liebre muy orgullosa de su velocidad. Se llamaba Lía y siempre se burlaba de los demás animales por lo lentos que eran. Un día, mientras descansaba bajo un árbol, vio a una tortuga llamada Tula que pasaba caminando.
—¡Hola, Tula! —dijo Lía, riéndose—. ¿Por qué caminas tan despacio? Nunca llegarás a ningún lado.
Tula, que era sabia y tranquila, respondió:
—No todos tenemos que ser veloces para lograr nuestros objetivos, Lía. La perseverancia también es importante.
La liebre se rió aún más:
—¡Perseverancia! Eso es un cuento de hadas. ¿Te gustaría correr una carrera conmigo? Estoy segura de que ganaré sin esfuerzo.
Tula, aunque sorprendida, aceptó el reto. Los animales del bosque, al enterarse de la carrera, se reunieron rápidamente. Todos estaban emocionados, pero también un poco incrédulos. ¿Cómo podría la tortuga, tan lenta, competir con la veloz liebre?
—¡Listos, preparados, fuera! —gritó el búho, que actuaba como juez.
Lía salió disparada, dejando a Tula muy atrás. La liebre corría tan rápido que, en cuestión de segundos, se dio cuenta de que tenía todo el tiempo del mundo. Se sintió tan segura de su victoria que decidió tomar un descanso bajo un árbol.
—¿Por qué apurarme? —pensó—. Puedo dormir un rato y aún así ganaré.
Mientras tanto, Tula avanzaba lentamente pero con determinación. Con cada paso, se acercaba un poco más a la meta. Pasó junto a la liebre dormida, que soñaba con el triunfo.
Pasaron los minutos, y la liebre seguía durmiendo. Cuando finalmente despertó, miró hacia adelante y vio que Tula ya estaba cerca de la meta.
—¡No puede ser! —exclamó Lía, dándose cuenta de su error—. ¡Debo correr!
Despertando rápidamente, la liebre salió disparada, pero ya era tarde. Tula, con su esfuerzo constante, cruzó la línea de meta justo antes de que Lía llegara.
Los animales del bosque estallaron en vítores y aplausos. Tula sonrió, agradecida por el apoyo de sus amigos. La liebre, por su parte, se sintió avergonzada y comprendió que su arrogancia la había llevado a la derrota.
—Bien hecho, Tula —dijo Lía, acercándose a la tortuga—. Me has enseñado una valiosa lección sobre la humildad y el trabajo duro.
Tula, con una sonrisa amable, respondió:
—Gracias, Lía. Todos tenemos nuestras propias habilidades. Lo importante es no subestimar a los demás.
Desde ese día, Lía y Tula se hicieron grandes amigas. La liebre aprendió a valorar la perseverancia y a no reírse de los que son diferentes. Juntas, alentaban a otros animales del bosque a seguir sus sueños, sin importar cuán lentos o rápidos fueran.
Y así, el bosque se llenó de historias sobre cómo la perseverancia puede superar a la velocidad, y Lía y Tula demostraron que la amistad y el respeto son más valiosos que ganar una carrera.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Lección: La perseverancia y la humildad siempre vencen a la arrogancia y la prisa.