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Los tres cerditos

Los tres cerditos

Había una vez, en un tranquilo prado, tres cerditos que eran hermanos. Cada uno de ellos tenía un carácter muy diferente. El cerdito mayor, llamado Pedro, era muy responsable y trabajador. El del medio, llamado Luis, era un poco más perezoso y le gustaba jugar. El más pequeño, llamado Tito, era muy juguetón y soñador.

Un día, su madre les dijo:

—Es hora de que construyan sus propias casas. El lobo anda suelto, y deben protegerse.

Así que los tres cerditos se despidieron de su madre y se pusieron a trabajar en sus casas. Pedro, el mayor, decidió construir su casa con ladrillos. Trabajó arduamente, día y noche, asegurándose de que fuera resistente y segura.

Luis, el del medio, pensó que los ladrillos eran demasiado pesados y optó por construir su casa con madera. Aunque era un poco más rápida de hacer que la casa de ladrillos, no le dedicó tanto esfuerzo como su hermano mayor.

Por último, Tito, el más pequeño, quería terminar pronto para jugar. Así que decidió construir su casa con paja. En poco tiempo, había terminado y salió a jugar mientras sus hermanos seguían trabajando.

Un día, mientras los tres cerditos disfrutaban de sus nuevas casas, apareció un feroz lobo. Tenía hambre y buscaba algo delicioso para comer. Al ver la casa de paja, se acercó y llamó:

—¡Cerdito, cerdito, déjame entrar!

—¡No, no, no! ¡No te dejaré entrar! —respondió Tito.

El lobo, enojado, sopló con todas sus fuerzas y la casa de paja voló por los aires, dejando a Tito asustado y corriendo hacia la casa de su hermano Luis.

Cuando Tito llegó, Luis lo dejó entrar rápidamente. El lobo, que seguía hambriento, llegó a la casa de madera y llamó:

—¡Cerditos, cerditos, déjenme entrar!

—¡No, no, no! ¡No te dejaremos entrar! —gritaron los dos cerditos.

Entonces, el lobo, aún más enfadado, sopló con fuerza y la casa de madera se derrumbó. Los dos cerditos corrieron despavoridos hacia la casa de ladrillos de Pedro.

Pedro, que había estado trabajando duro, les abrió la puerta y los tres cerditos se refugiaron en su casa. El lobo, al llegar, llamó a la puerta:

—¡Cerditos, cerditos, déjenme entrar!

—¡No, no, no! ¡No te dejaremos entrar! —gritaron los tres al unísono.

El lobo, furioso, sopló con todas sus fuerzas, pero la casa de ladrillos se mantuvo firme. Sopló una y otra vez, pero no pudo derribarla. Desesperado, el lobo pensó en un nuevo plan.

Decidió intentar entrar por la chimenea. Mientras los cerditos se asomaban por la ventana, vieron al lobo acercarse al tejado. Sin perder tiempo, Pedro ideó un plan.

—Rápido, cerditos, hagamos una olla de agua hirviendo y la pondremos en la chimenea.

Luis y Tito se pusieron a trabajar rápidamente. Mientras tanto, el lobo comenzó a descender por la chimenea. Cuando llegó al fondo, ¡splash! Cayó de lleno en el agua hirviendo. Dando un grito de dolor, el lobo salió disparado de la casa y huyó, nunca más para ser visto.

Los tres cerditos, aliviados y felices, celebraron su victoria. Desde entonces, vivieron juntos en la casa de ladrillos de Pedro, aprendieron la importancia del trabajo duro y la unidad familiar. Y así, los tres cerditos vivieron felices y seguros, siempre recordando la lección del lobo.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lección: El esfuerzo y la previsión siempre valen más que la procrastinación y la pereza.

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